David Barbero
-He acudido esta tarde al Teatro Social de Basauri con especial curiosidad para ver la representación de mi admirado don Ramón María del Valle Inclán, ‘Los cuernos de don Friolera’. El punto concreto de mi curiosidad estaba comprobar la vigencia de una obra, que siempre he admirado en este momento y en la sociedad actual. El motivo de mi interés está en que en estos días se cumple un siglo, insisto cien años, de que se escribiera esta obra. Y dicen algunos que la sociedad ha cambiado tanto como para que hubiera perdido interés.
Ainhoa Amestoy firma esta adaptación y dirección escénica, en las que ha puesto, además de trabajo y meticulosidad, una concepción muy personal del texto y del género esperpéntico que inventó el autor. Está cargada de momentos muy enfatizados, en los que destaca la crítica a la situación de hace un siglo, que ya estaba tan llena de bulos y de violencia machista. El expresionismo y el tono grotesco propios de Valle-Inclán están no solo muy presentes en esta adaptación sino especialmente representados. Es un montaje potente, donde el texto de Valle Inclán resuena con fuerza, en el que se incluyen hasta sus muy literarios acotaciones.
El montaje demuestra no sólo ser un gran conocimiento del autor y su especial estilo sino también poseer una exquisita sensibilidad para conectar nuestro tiempo con el de principios del siglo pasado.
La sociedad patriarcal, el concepto de honor en su sentido más arcaico y el estamento militar como garante inflexible de tradiciones anquilosadas son los temas que se exponen con ingenio, ironía y ¡, en muchos momentos con humor.
La función presenta una estructura original, ya que la misma historia se cuenta de tres formas diferentes: en el primer acto, la representa una compañía de títeres; en el segundo, que es el grueso de la obra, se escenifica como tal; y, en el tercero, se vuelve a exponer en un romance de ciego.
Un texto de esta complejidad y un tratamiento escénico tan original requiere un gran trabajo interpretativo de actores y actrices. Todos realizar un muy meritorio nivel y esfuerzo. Miguel Hermoso que supera el reto dando vida a Don Friolera, el protagonista, y a Don Estrafalario. Los actores interpretan a varios personajes. Armando del Río se mueve con solturaa dando vida a Don Manolito y Pachequín. Todos interpretan con agilidad y dominio varios papeles,
Lidia Otón, por su parte, destaca interpretando a Doña Loreta, la mujer del teniente. Sus gestos, cargados de significado y de matices. Ester Bellver se mete en la piel de doña Tadea, una cotilla que malmete al teniente instigándole para que busque reparar su honor mancillado. Pablo Rivero Madriñán y José Bustos están soberbios en la escena de los militares de salón, discutiendo sobre las últimas colonias perdidas o sobre el código de honor castrense que rige sus comportamientos. Iballa Rodríguez, en el papel de hija, está prácticamente presente en todas las escenas.
El remate final lo firma magistralmente Miguel Cubero y su romance de ciego para cerrar la obra a capella, por lo que se ha ganado sus merecidos aplausos.
Ainhoa Amestoy demuestra su madurez en la adaptación y en la dirección de escena. El montaje no decae, a pesar de la duración y del a veces muy peculiar lenguaje de Valle Inclán. Un montaje que puede hacer reflexionar sobre la presión social y las habladurías, muy presente con las redes sociales en la actualidad, con lo que los motivos de mi interés y curiosidad han quedado sobradamente contestados.
Esta entrada se escribio el domingo, 17 mayo 17 2026 a las 0:00 am. en la categoría: General. Puedes seguir los comentarios de esta entrada usando RSS 2.0 feed. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu pagina web.