Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 16 marzo 2026 - 12:27 am
Categoría: General

David Barbero

-He acudido esta tarde a Pabellón 6 de Bilbao con mucha curiosidad, y con notable prisa para ver la representaciones de ‘El despertar de la primavera’.

-Comienzo por lo de la prisa. Quería haber asistido hace unos días a su estreno en Teatro Arriaga. También deseaba acudir estos días anteriores en el propio P6, su propia sede, ya que es una producción de ls compañía joven. Pero no he podido acudir hasta hoy. Así que he acudido con bastante antelación, para que no me ocurriera ningún percance.

-Voy ahora con lo de curiosidad. Me corrijo. Lo pongo en plural. He acudido con varias curiosidades. Enumero algunas. La obra y su autor, Frank Wedekind son de mi devoción, desde que la leí hace años y saqué una interpretación social, que me interesó. En esta ocasión, se me ha añadido la curiosidad por el nombre de Adriana Laespada, a quien he seguido en otros géneros escénicos, como el operístico.

Ya sabía que en esta versión de ‘El despertar de primavera, de Frank Wedekind, se  traslada a un futuro cercano, dentro de unos años, cuando las corrientes de extrema  derecha que hoy apuntan, habrían supuestamente logrado  consolidarse en el poder. Por esa razón, había imaginado que esta nueva versión caminaría por una actualización social o política, similar a que yo había sacado. Sin embargo, casi desde el comienzo de la representación me he dado cuenta de que estaba equivocado. Y además, para bien, porque me ha parecido más interesante y más original. Ademas, he ratificado que, más de un siglo después de su escritura, ‘El despertar de la Primavera’ conserva  una vigencia, hace reflexionar y capacidad de sorprender.

Voy a insistir en que entiendo el teatro como un espejo de la sociedad en la se produce y un análisis de sus problemas y preocupaciones.  Pero ese espejo no siempre tiene que ser naturalista y lineal. Hay espejos, cóncavos o convexos, distópicos o dislocados, que cuestionan la realidad, a veces,de forma más radical. Esta obra siempre me ha parecido emblemática por haber sido una audaz representación de los conflictos internos y externos que afrontaban los jóvenes de hace algo mas de un siglo en un mundo en transformación, donde el deseo, la represión y la búsqueda de identidad convergen y se pelean con los intereses de los poderosos que desean controlar las libertades desde el poder.

La obra no solo representa una crítica a la sociedad de la época en que fue escrita. Ofrece simbolismos, sugerencias y guiños para provocar una reflexión continua sobre el crecimiento y los retos que afrentan los jóvenes de otros momento, como el actual, con circunstancias que, para muchos, son similares, en muchos aspectos, a las de entonces.

Eso es lo que he encontrado en esta visión distópica, pero cercana, con guiños y referencias para ser comprendida, con detalles para obligar a reflexionar sobre lo que está pasando hoy, y con características artísticas, visuales, auditivas o estéticas para sorprender, interesar y captar la atención.

Debo decir con sinceridad que eso es lo que más me ha atraído de esta propuesta presentada por la compañía joven de Pabellón 6, como una muestra escénica novedosa, diferente, llamativa, nada lineal, imaginativa y hasta sorprendente, desde luego para bien.

En la misma situación me encuentro, en lo referente a otra de mis curiosidades con las que he acudido, la referente a la incorporación de  Adriana Laespada a las labores de adaptación de textos teatrales, dirección escénica, cuidado de los actores y actrices, además de mostrar un mundo distópico, para mí original sobre el escenario en diversos aspectos. Todo ello, a mi juicio, digno de gran interés por su novedoso tratamiento.

Otro aspecto igualmente destacable, que he podido constatar muy cerca del escenario, ha sido comprobar cómo los jóvenes actores y actrices llegan a sus primeros trabajos escénicos con más preparación, mejor disposición y mayor entrega. Había sido testigo con las anteriores promociones de esta compañía joven de pabellón 6, y lo he podido ratificar esta tarde. Así que mi más sincera enhorabuena por mi parte como reconocimiento.

Deseo, por lo tanto, destacar los nombres implicados en este trabajo. Comenzamos por el autor, ya clásico, aunque moderno y capaz de adaptarse a tiempos diferentes, Frank Wedekind. La adaptación y la dirección escénica han sido realizadas por Adriana Laespada, con las destacadas características antes señaladas. La interpretación ha sido asumida por la nueva, pero muy consistente, promoción de la compañía joven de Pabellón 6. Está integrada por Unai Arrieta Aguirrezabala, Mikel González Saiz, Oier Agirre, Carlota Cacharrón, Paula Polo Aldanondo, Laura Meabe Abecia y Teo Maiztegi.

Procuro no olvidarme nunca de los otros trabajos escénicos, que en esta ocasión tienen una notable incidencia para configurar las características estéticas del espectáculo. Comienzo por el vestuario de Betitxe Saitua por su contribución visual impactante. Las coreografías las ha diseñado Alejandro Limón. La escenografía versatil y eficaz es de Aintzane Mendez. El asistente de movimiento ha sido Oier Agirre. El diseño de iluminación, contribuye de modo preciso lo firman Fernando Alcauzar y Quique Gago.

Debo añadir que el aforo ha sido completo y su aplauso final de reconocimiento me ha parecido de los más expresivos.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 8 marzo 2026 - 11:50 pm
Categoría: General

David Barbero

-Lo he querido dejar claro desde el título del comentario. He vinculado las representaciones de la obra ‘Sensación térmica’ estos días en el teatro Arriaga de Bilbao con el recuerdo del admirado compañero y amigo Adolfo Fernández, recientemente fallecido.

Él inició el proceso de adaptación y dirección del  texto, que a su muerte tuvo que terminar Vanessa Espín. Él descubrió en la novela de Mayte López una estructura teatral, aunque la narrativa no era nada lineal sino especialmente compleja. Decidió llevarla a escena, en un trabajo cuidado y minucioso, como eran todos los suyos. Él se enamoró de ese texto, que antes fue una novela y puso en marcha todo el proceso que ahora está culminando con las representaciones en diferentes teatros.

Sensación térmica es una obra que se cuenta y se canta, que alterna música y disonancia para adentrarse en la amistad, el dolor, el abuso, las ilusiones y los sueños de tres mujeres jóvenes que comparten piso y confidencias sobre sus complicadas y en gran parte dramáticas vidas.

Una de ellas ha huido de un hogar violento y trata de empezar de nuevo en una ciudad del norte. Allí vive con otra, serena y luminosa, que la guía en esa nueva vida. Y allí conoce a una tercera, magnética y vulnerable, cuya relación con un profesor veinte años mayor desata una tormenta que hará que afloren heridas que parecían cerradas. En ese pequeño apartamento se cruzan tres maneras distintas de entender y de sufrir el amor, tres vidas llenas de esperanzas y sufrimientos.

Sobre el escenario, Nora Hernández alternando con su hermana, Olivia Hernández; Adriana Ubani y Claudia Galán encarnan a las tres jóvenes y a los otros personajes complementarios, en un trajo lleno de exigencias. Actúan y cantan en un montaje que combina palabra y música para preguntarse qué relatos hemos aprendido a normalizar. Qué confundimos con amor. Y por qué seguimos cantando, generación tras generación, las mismas canciones. La directora, Vanessa Espín, ha recogido su espíritu sobre esta dura y ejemplarizante historia que, habla de amistad, dolor, abuso, ilusiones y sueños. 

Mayte López, la autora, es una escritora y traductora con triple nacionalidad: mexicana, española y estadounidense. Doctorada en Culturas Latinoamericanas, en la actualidad es profesora de Español y Escritura Creativa en la Universidad de Yale.

Como estamos de recuerdos y confidencias sobre el añorado Adolfo Fernández, recojo un párrafo de una carta que le envió Mayte López, la autora de la novela original: «Voy directa al grano: estoy fascinada con tu adaptación. Es una sensación muy extraña
 (en el mejor de los sentidos) la de ver cómo de pronto mis personajes cobran vida y tienen cuerpo: me encanta Juliana corriendo -volando- sobre la caminadora, me encanta el karaoke. Te cuento que mi personaje favorito es Alma: me parece hermoso cómo has sabido darle ese lugar fundamental a pesar de ser un personaje, en apariencia, secundario. Me encanta verla convertida un poco el alma de la puesta en escena.»       
Va en tu memoria, amigo.  

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 8 marzo 2026 - 12:06 am
Categoría: General

David Barbero

-He acudido esta tarde al Teatro Barakaldo para ver la obra ‘Leonora’, con dos curiosidades principales. La primera era conocer más Y disfrutar de la muy destacada escritora, pintora y escultora surrealista  Leonora Carrington, a la que siempre he admirado. Y también para analizar y valorar la escritura dramática y la dirección escénica de Alberto Conejero, a quien respeto.

Me he encontrado también con una extraordinaria interpretación de NataLia Huarte, ella sola sobre el escenario, absolutamente desnudo, apoyada en la poética música de Luis Miguel Cobo, la luz intimista y llena de matices de Leticia L. Karamazana, el adecuado vestuario de Yaiza Pinillos y la asesoría de movimiento de Luz Arcas.

Leonora Carrington, nacida en el Reino Unido en 1917 dentro de una familia de clase alta, muy pronto hizo frente al capitalismo y militó activamente como revolucionaria. Su padre la llevó de un internado a otro. Pero nada de lo que buscaba su progenitor pudo hallarlo con esa represión. De hecho, con apenas 17 años se enamoró del pintor alemán Max Ernst y con él se instaló en París. Muy pronto estallaría la Segunda Guerra Mundial – Para protegerse de la persecución nazi, huyó sola a España. Se instaló en Santander, en dónde sufrió un brote psicótico que terminó con un internamiento. Fue tratada con cardiazol, un potentísimo fármaco que provoca serios efectos sobre el cerebro de los pacientes.

El texto no aborda un tema biográfico concreto. No hay un argumento, ni pretende desarrollar una semblanza histórica de la autora. Dice que su objetivo es ‘dibujar’ un retrato colectivo de las mujeres que, como Leonora, han querido ser ellas mismas aún a costa de todo tipo de adversidades, abusos o burlas, pero sin dejar de mirar siempre hacia  la libertad.

La actriz  Natalia Huarte interpreta y encarna el complejo y doloroso viaje emocional de Leonora Carrington, reflejado en algunos episodios relevantes de su experiencia vital y sus vivencias frente a todos los grandes cambios sociológicos, políticos y tecnológicos que jalonaron el siglo XX. Sobre todo, se mueve en el campo más personal y cercano. La persecución que sufrió por parte de su padre con la intención de que ingresase en los sanatorios mentales; las primeras enseñanzas academicistas en el campo del arte y el posterior contacto con el surrealismo; la relación sentimental con el pintor Max Ernst, mucho mayor que ella; la violación grupal que sufrió en Madrid; su matrimonio  interesado con Renato Leduc, y la llegada a México como “destino final”. Estos son los momentos de su vida que Conejero va recorriendo.  

Él mismo asume la dirección escénica  de su monólogo narrativo con elementos poéticos dentro de un espectáculo concebido, desde el punto de vista plástico y escenográfico, en la desnudez absoluta, en consonancia con el personaje y con el texto. Ya en ese escueto título de ‘Leonora’ parece advertirse una decidida voluntad de que todo esté despojado y despejado, limpio, diáfano, con la intención de que el espectador pueda llegar a una mujer de marcada personalidad.

El trabajo de la actriz  Natalia Huarte ha rezumado técnica , dominio escénico y expresión corporal  a partes iguales, junto a la verbalización acelerada y cambiante en los tonos, al componer un personaje complejo, lleno de aristas, contradictorio, descaradamente humano. Probablemente no se hubiese conseguido ese objetivo de no haber contado con una actriz de su versatilidad y entrega.

La representación ha sido agradecida con aplausos entusiastas, pero ha sorprendido negativamente el escaso público que ha sabido apreciar el gran interés de esta propuesta ofrecida por el equipo responsable del teatro Barakaldo.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 27 febrero 2026 - 11:57 pm
Categoría: General

David Barbero

-Esta tarde he presenciado, en el teatro Arriaga de Bilbao, con gran interés y curiosidad, la pieza titulada ‘El hijo de la cómica’, basado en un texto de memorias del recordado artista Fernando Fernán Gómez. Está interpretada y dirigida por José Sacristán. El texto ha sido una adaptación elaborada también por este actor a partir de los recuerdos escrito por el homenajeado en ‘El tiempo amarillo 1921-1943’.

Según mi valoración, por supuesto subjetiva y muchas veces equivocada, es que el espectáculo ha resultado una demostración, incluso una exhibición memorable, de las grandes cualidades interpretativas, sobre todo aquí en lo referente a la voz por parte del extraordinario actor que es José Sacristán.

Pero, en cuanto al texto, y a su adaptación, creo que es de justicia señalar su inadecuación como base teatral. Se trata de unas memorias, bien escritas y con gracia, además de estilo ágil por parte de Fernando Fernán Gómez. Pero no tiene estructura teatral, ni esquema de intriga o conflicto, ni progresión emocional. El autor, que fue muy destacado intérprete, no lo escribió con la intención de ser representado sobre un escenario. Estoy convencido de que si él lo hubiera utilizado con ese propósito, lo habría cambiado muy profundamente. En esta ocasión, no se ha realizado esa adecuación como texto teatral, aunque en el programa se afirme que la adaptación ha sido responsabilidad de José Sacristán. 

Ese mismo programa de mano, y todos los documentos referidos a la obra y su representación, atribuyen las labores de la dirección escénica también a José Sacristán. De nuevo califico mi opinión de subjetiva y frecuentemente equivocada. Pero con esas salvedades, me ha ha parecido una puesta en escena bastante plana y con muy escaso aprovechamiento de los recursos escénicos, visuales y sonoros.

De todos modos, deseo repetir y destacar que José Sacristán, en su calidad de intérprete, realiza una labor de gran calidad, con más mérito, todavía, al tener que encarnar un texto sin las condiciones exigibles para la representación teatral. Esa maestría la ha demostrado sobre todo en las articulaciones y modulación de la voz, o voces en plural, al interpretar a diversos personajes de características muy diferentes entre sí.

Otro aspecto, favorable a la representación, deseo destacar con toda justicia. El aforo del teatro Arriaga estaba lleno. Supongo que en las representaciones sucesivas sucederá lo mismo. Y el público de hoy, día del estreno aquí, al terminar la representación, se ha levantado para aplaudir con entusiasmo al intérprete en reconocimiento de su labor.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 24 febrero 2026 - 11:26 pm
Categoría: General

David Barbero

-Esta tarde he asistido en el teatro Arriaga a un acontecimiento escénico que no sé cómo calificarlo para definirlo en su totalidad y su intensidad. La dificultad está en incluir sus muchos elementos y matices. Todos ellos positivos. Los escénicos y los emocionales. Ha sido la representación teatral del monólogo de Antón Chejov, ‘Sobre los perjuicios del tabaco’, protagonizada por Ramón Barea.

Hay también connotaciones de admiración y de nostalgia. Incluso hay elementos novedosos o revividos como tales. Ya se interpretó la versión de este monólogo al final de la temporada 2001-2002. Para hacer memoria, he tenido que buscar papeles antiguos. El estreno fue en la emblemática sala La Fundación de Bilbao el día 22 de junio del 2001.  Ya entonces la dirección escénica fue responsabilidad, como hoy, de Jpne Irazabal. 

Por esa actuación, Ramón Barea recibió, creo recordar, el premio de la Unión de Actores del País Vasco al Mejor Actor. Asimismo pienso tener en mi memoria el recuerdo de haber presenciado otra representación con ocasión del día mundial del teatro. Lo sitúo también en el teatro Arriaga. Pero que nadie me pregunte en qué año.  Por lo que se trata de un clásico moderno con variada representación en el tiempo. Además de haber conseguido la categoría de ser un «juguete tragicómico intemporal y absolutamente vigente».

El autor, Chejov,  centra la narración en Ivan Ivanovich Niujin, marido de la dueña de una escuela de señoritas, que se supone que va a dar una conferencia sobre el tabaco. Pero, como suele pasar con Chejov, la cosa se desvía. Con la apariencia de una conferencia y usando esa excusa, aprovecha la ocasión  para ir soltando comentarios aparentemente banales que acaban siendo un análisis profundo de la naturaleza humana y termina como un grito a la libertad y a la vida. Por esa razón en el título he aludido a la maestría del inmenso autor que fue Anton Chejov.

Dicen que hasta ahora se conocían dos versiones de esta obra. Una tiene clave de farsa y está datada en el año 1886. La otra es tragicómica, y fue publicada un poco más tarde en el año 1903. Esta última es la más representada y conocida. Sin embargo, parece ser que hace poco  se  ha conocido la existencia de una tercera versión de Chejov, que no había visto la luz y que fue encontrada entre los textos del Teatro del Arte de Moscú.

En título de este comentario, he aludido, y con especial énfasis en mi intención a la maestría interpretativa de Ramón Barea. Desde luego no lo he descubierto esta tarde. He sido testigo ya de muchas manifestaciones excelentes de su trabajo. Pero en esta pieza, él solo sobre el escenario, lo demuestra de una manera absolutamente destacada en todos los aspectos. A destacar desde el principio, la destacada y meticulosa creación y caracterización del personaje de Ivan Ivanovich en todos sus aspectos y detalles. Por dentro y por fuera. En movimiento y en quietud.

Si hay que ir a los detalles, habría destacar la manera de moverse, las actitudes de estar quieto, o la forma de agacharse. O cómo se sienta y también cómo se levanta. De los gestos, habría detenidamente de cada uno de ellos y de su precisión para definir la expresión justa. La misma atención merecerían los variados tonos de voz, la matización de los paramentos, de las palabras y hasta de cada una de las sílabas.

Así que me permito quitarme el sobrero, aunque no lo haya llevado, en señal de reconocimiento de las maestrías que he indicado al principio.   ¡Chapeau, maestros!

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