David Barbero
-Tenía gran interés en ver ‘Un monstruo viene a verte’ sobre el escenario. No sólo tengo EL recuerdo de la película. Reconozco que no he leído le novela. He visto también una grabación en video. He hablado con alguno de los responsables. He oído comentarios de personas entendidas que la ha vito. Por fin, he podido satisfacer esa curiosidad esta tarde en el teatro Arriaga de Bilbao. Me ha perecido de gran interés para encajar la opinión sobre los distintos tratamientos de este tema.
A pesar de conocer ya el argumento, en la versión escénica de ‘Un monstruo viene a verme’ hay muchos elementos que funcionan muy especialmente al verlos en vivo. En ella, tienen un gran impacto e incidencia el acoso escolar al que se ve sometido el protagonista, junto a la negación de la enfermedad terrible de la madre, la sensación de soledad y la incomprensión que siente ese adolescente.
Desde hace una década, La Joven, la compañía teatral que ha producido esta versión está dirigida por David R. Peralto y José Luis Arellano. Desarrollan una labor destinada al público adolescente y joven, quizá reticente a acudir a los patios de butacas de los teatros. Esto se ha reflejado en una mayor asistencia de jóvenes esta tarde al teatro Arriaga.
Este montaje de La Joven es coherente con esta intención de sus trabajos y su preocupación hacia los problemas de la juventud. Lo teatral tiene una extensión social o educativa, y en esta ocasión se une a la relación de los jóvenes con el cáncer. Se cuenta la historia del joven Conor, que ha de enfrentarse a la enfermedad terminal de su madre; su padre vive en otro continente y a su abuela la ve como un enemigo más que como una ayuda. Conor, además, sufre ‘bullying’ en el colegio y muestra una actitud huraña que le hace rechazar la ayuda que le ofrecen profesores y compañeros. En esas circunstancias, cada noche, recibe la visita de un ‘monstruo’ procedente del árbol que se levanta junto a su casa y que le cuenta un cuento que servirá para abrirle los ojos.
La adaptación escénica de la novela camina por la línea emotiva, más que por la coherencia lógica del argumento. Toca el corazón de los espectadores y, a la vez, hace reflexionar. La puesta en escena es dinámica y rápida; los elementos ‘fantásticos’ que posee el relato son simultáneos con el sufrimiento interior de un chico que se resiste a aceptar la realidad y cuya pelea es con él mismo.
El equipo interpretativo está nutrido por actores y actrices jóvenes que dan muestra de una naturalidad y buen hacer. Les acompaña un reparto de ‘veteranos’ en el que destacan Cristina Bertol como la madre de Conor y Eduardo Aguirre de Cárcer como Monstruo.
La puesta en escena está muy estudiada. El equipo artístico está integrado por artistas del máximo nivel: la iluminación de Juan Gómez-Cornejo y Jesús Díaz Cortés; la escenografía de José Luis Raymond y Laura Ordás; el vestuario de Ikerne Giménez; la música de Alberto Granados Reguilón; la videoescena de Álvaro Luna, y el movimiento escénico de Chevi Muraday.