David Barbero
-Esta vez, voy a comenzar por el final y plantear una cuestión subjetiva.
-Al salir ayer del Teatro Social de Basauri, bajo la lluvia, se me impuso el debate sobre quién es el destinatario último del teatro y del arte en general.
-¡Ah! No he dicho que habíamos estado viendo ‘La isla’, obra producida por Histrión Teatro; escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio; e interpretada, además magníficamente, por Gema Matarránz y Marta Megías.
-Es posible que nos influyeran las palabras del programa de mano en las que se decía que este espectáculo había sido preparado ‘expresamente’ para esas actrices.
-En ese sentido, se cumplió el objetivo establecido. Ya he indicado que las dos se lucen y demuestran sus grandes capacidades interpretativas.
-Me dio la impresión, -algo subjetivo-, de que no se había pensado tanto en el lucimiento de los técnicos de iluminación o atrezzo. Ni quizá tampoco en el equilibrio interno de la construcción de la obra.
-También me había llegado la sensación, -otra subjetividad-, de que no se había pensado muy detenidamente en el público y en la mejor manera de hacerle llegar la profunda historia que se deseaba contar. Es decir. La obra no se había hecho ‘expresamente’ para los espectadores.
-Las preguntas concretas del debate que mantuvimos, camino de casa, fueron las siguientes: ¿El ‘éxito’ final de una obra de teatro no es conseguir que el público haya comprendido, y sentido, exactamente lo que se quiere decir? ¿O el objetivo es la satisfacción del creador o interprete por creer que ha hecho las cosas bien?
-Una de las participantes en el debate pensaba que había una dosis elevada de manipulación en ese planteamiento. Pero tampoco en eso nos pusimos de acuerdo.