David Barbero
-Esta tarde he asistido en el teatro Arriaga a un acontecimiento escénico que no sé cómo calificarlo para definirlo en su totalidad y su intensidad. La dificultad está en incluir sus muchos elementos y matices. Todos ellos positivos. Los escénicos y los emocionales. Ha sido la representación teatral del monólogo de Antón Chejov, ‘Sobre los perjuicios del tabaco’, protagonizada por Ramón Barea.
Hay también connotaciones de admiración y de nostalgia. Incluso hay elementos novedosos o revividos como tales. Ya se interpretó la versión de este monólogo al final de la temporada 2001-2002. Para hacer memoria, he tenido que buscar papeles antiguos. El estreno fue en la emblemática sala La Fundación de Bilbao el día 22 de junio del 2001. Ya entonces la dirección escénica fue responsabilidad, como hoy, de Jpne Irazabal.
Por esa actuación, Ramón Barea recibió, creo recordar, el premio de la Unión de Actores del País Vasco al Mejor Actor. Asimismo pienso tener en mi memoria el recuerdo de haber presenciado otra representación con ocasión del día mundial del teatro. Lo sitúo también en el teatro Arriaga. Pero que nadie me pregunte en qué año. Por lo que se trata de un clásico moderno con variada representación en el tiempo. Además de haber conseguido la categoría de ser un «juguete tragicómico intemporal y absolutamente vigente».
El autor, Chejov, centra la narración en Ivan Ivanovich Niujin, marido de la dueña de una escuela de señoritas, que se supone que va a dar una conferencia sobre el tabaco. Pero, como suele pasar con Chejov, la cosa se desvía. Con la apariencia de una conferencia y usando esa excusa, aprovecha la ocasión para ir soltando comentarios aparentemente banales que acaban siendo un análisis profundo de la naturaleza humana y termina como un grito a la libertad y a la vida. Por esa razón en el título he aludido a la maestría del inmenso autor que fue Anton Chejov.
Dicen que hasta ahora se conocían dos versiones de esta obra. Una tiene clave de farsa y está datada en el año 1886. La otra es tragicómica, y fue publicada un poco más tarde en el año 1903. Esta última es la más representada y conocida. Sin embargo, parece ser que hace poco se ha conocido la existencia de una tercera versión de Chejov, que no había visto la luz y que fue encontrada entre los textos del Teatro del Arte de Moscú.
En título de este comentario, he aludido, y con especial énfasis en mi intención a la maestría interpretativa de Ramón Barea. Desde luego no lo he descubierto esta tarde. He sido testigo ya de muchas manifestaciones excelentes de su trabajo. Pero en esta pieza, él solo sobre el escenario, lo demuestra de una manera absolutamente destacada en todos los aspectos. A destacar desde el principio, la destacada y meticulosa creación y caracterización del personaje de Ivan Ivanovich en todos sus aspectos y detalles. Por dentro y por fuera. En movimiento y en quietud.
Si hay que ir a los detalles, habría destacar la manera de moverse, las actitudes de estar quieto, o la forma de agacharse. O cómo se sienta y también cómo se levanta. De los gestos, habría detenidamente de cada uno de ellos y de su precisión para definir la expresión justa. La misma atención merecerían los variados tonos de voz, la matización de los paramentos, de las palabras y hasta de cada una de las sílabas.
Así que me permito quitarme el sobrero, aunque no lo haya llevado, en señal de reconocimiento de las maestrías que he indicado al principio. ¡Chapeau, maestros!