David Barbero
-Quiero comenzar reconociendo mi debilidad y admiración por Harold Pinter, como autor de teatro y añadir que ambos sentimientos han reverdecido y aumentado esta tarde durante la representación de su obra ‘Viejos tiempos’ que he visto en el teatro Arriaga de Bilbao.
‘Viejos tiempos’ es una obra con numerosos recovecos, que se deslizan y fluyen mientras se retienen los recuerdos. Obliga a recomponer la historia que cuenta o insinúa o sugiere prestando mucha atención, echando mano de la imaginación y atando cabos incluso sin tener la seguridad de tener la cuerda en las manos. El supuestamente apacible, monótono y distante presente del matrimonio formado por Kate y Deeley es alterado con la visita, a su apartada casa, de Anna, una antigua y muy íntima amiga de Kate -su mejor y única amiga-, que hará revivir, quizá recrear, o acaso reconstruir intencionadamente un tiempo pasado, común a los tres.
En él confluyen, o quizá se añaden, deseos callados, mentiras intencionadas, o ilusiones no satisfechas. Se puede interpretar como una terapia, una suerte de catarsis, en la que la identidad y los sentimientos se cuestionan mientras salen del rincón oscuro donde se esconden. Incluso podría ser un juego psicológico, con connotaciones eróticas y algún premeditado toque surrealista.
La representación de esta tarde en el teatro Arriaga ha significado una oportunidad de volver a acercarse a un clásico añorado de la dramaturgia occidental contemporánea -la obra tiene poco más de cincuenta años-, en uno de sus textos más crípticos e introspectivos y participar en el juego de no sólo mirar el espectáculo, sino verse impelido a desentrañar el enigma propuesto.
La directora y el adaptador sensibilidad y con respeto al original, ha captado expuesto escénicamente la esencia y la intención de Pinter colocando al espectador al espectador ante la estratégica pelea en la que los personajes se lanzan acusaciones, reproches y sugerencias sobre un pasado que parece distinto en función de quién lo expone o imagina o lo utiliza intencionadamente.
La traducción y versión de la pieza es obra del reconocido dramaturgo Pablo Remón, quien ya tuvo ocasión dehacer la misma labor con este autor inglés en otra de sus obras titulada ‘Traición’. La dirección ha corrido a cargo de Beatriz Argüello, que ha optado por un , limpio, y sugerente que otorga a la palabra y a la meticulosa interpretación el peso de la gran complejidad de un texto cuya acción y desarrollo no es precisamente lineal ni evidente a primera vista. Ni tampoco a la segunda.
La escenografía de Carolina González recrea una ambientación íntima y realista como el vestuario de Rosa García Andújar. También resulta eficaz el tratamiento de la luz -fundamental en la escena mencionada- realizado por Paloma Parra, enfatizado por el espacio sonoro creado por Mariano Marín.
Especial referencia hay que realizar del triángulo formado por Marta Belenguer, Mélida Molina y Ernesto Alterio. Logran dar cuerpo, expresión y misterio a un texto que desafía la lógica convencional. Cada uno de ellos encarna su nada plano personaje con matices que van de la complicidad a la confrontación, mostrando cómo los recuerdos no son simples evocaciones del pasado, sino piezas vivas para configurar y moldear los ocurrido, lo sentido y lo imaginado en el pasado y en el presente de esta poliédrica historia.
A Harold Pinter le dieron el premio Nobel, textualmente, “por descubrir en sus obras el precipicio que se esconde tras nuestras charlas cotidianas y las fuerzas que nos oprimen; sin que se noten distinciones entre lo que es real y no lo que no lo es, entre lo que es verdad y lo que es falso’.
Es lo que hoy hemos podido volver a presenciar sobre el escenario del teatro Arriaga de Bilbao,