Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 8 noviembre 2017 - 10:52 am
Categoría: General

David Barbero

-Estos días pasados, se ha representado en el Teatro Campos Elíseos de Bilbao la obra ‘La misión de la familia Coleman’ del ahora prestigioso autor y director argentino Claudio Tolcachir.
-Anuncian que es la despedida. Han estado más de una docena de años recorriendo el mundo con esta obra. Han visitado 22 países. Han estado en numerosos teatros de todo tipo. Han recibido muchos premios. Han sido acogidos en un elevado número de festivales.
-Han tendido un gran éxito. Se ha reconocido su trabajo innovador y sorprendente. Se han conventito en un referente por su forma de trabajar, de elaborar el producto teatral, de vivirlo de una manera propia y de desarrollarlo apasionadamente.
-Han mostrado una forma no habitual de hacer teatro con participación de todos los integrantes, sin respetar las normativitas habituales para llevarlo a cabo. Así han ido dando pasos en la construcción de la acción, en la elaboración de los personajes, en las relaciones entre ellos, en la manera de estar en el escenario, de enfrentarse al público y de sacar adelante un espectáculo complejo, sorprenderte, casi hipnótico.
– Y todo empezó llamando al timbre número 4 de un edificio nada lujoso en el barrio Boedo de Buenos Aires. Allí todos los integrantes del grupo se reunían, alrededor de Tolcachir, para trabajar durante meses con un método colectivo y participativo hasta conseguir ‘La omisión de la familia Coleman’.
-Como en las despedidas amistosas, les danos un fuerte abrazo, una expresión de profundo agradecimiento por la visita, y un deseo sincero de que se produzca pronto otro encuentro tan fructífero y tan gratificante.
-¡Hasta pronto, amigos!

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 5 noviembre 2017 - 12:05 pm
Categoría: General

David Barbero

-Quiero advertir, desde el principio, que utilizo el término ‘gran’ no sólo en su referencia a la calidad de algo, sino también en su alusión a la cantidad y la dimensión.
-Acudí ayer a la representación teatral de ‘Orlando’, la emblemática novela de la admirable escritora Virginia Woolf en el Teatro Barakaldo. Tenía carácter de estreno. La compañía Defondo es quien ha afrontado ese enorme reto. Su directora es la experimentada Vanessa Martínez. Cuenta con un grupo de actores y actrices muy compenetrado y con notables cualidades interpretativas.
-Vamos a situarnos. ‘Orlando’ es una de las novelas más destacadas de Virginia Woolf. Creo que cronológicamente es la sexta que escribió. No es de las más enigmáticas. Al contrario, es más abierta, cercana, irónica, incluso se puede considerar como más optimista. Se presenta, desde el titulo, como una biografía. Pero, en realidad, desea mofarse de ese género literario.
-Podría calificarse con una fantasía libre. El personaje ‘biografiado’ vive a lo largo de cinco siglos y cambia de sexo, en un sueño – enfermedad, para tener experiencias más diversas. En este sentido, se podría considerar una gran parodia de la historia en lo referente a la desviada y torpe visión que los hombres han hecho del paso del tiempo y de la convivencia entre las personas en detrimento del papel de las mujeres.
-También se puede entender como una carta de amor dirigida a su amante Vita Sackville West, a quien trata de consolar por la tristeza de haber nacido mujer. Ella es la biografiada con tanta fantasía como pasión.
-Con todo esto, es fácil hacerse una idea de la complejidad de este texto. Y también de las dificultades para llevarlo al escenario. Pero ésa es la ímproba tarea que ha afrontado esta compañía con su directora y los intérpretes a la cabeza. Además, la han llevado a cabo con total decisión, sin limitaciones, y respetando el recorrido de los cinco siglos Ni siquiera han eludido el elemento irónico hacia el género biográfico. Han colocado a cuatro biógrafos peleándose con los hechos imaginarios.
-En cuando a la referencia a la calidad de su ‘gran’ trabajo, hay que reconocer la perfección lograda en la adaptación; la agilidad en el movimiento de la acción; la eficacia en la utilización de los elementos escénicos, la maestría en la expresividad de la interpretación; la variedad expositiva y unos cuantos valores más que les hacen merecedores de muchos elogios.
-En lo referente a la cantidad del término, también es preciso aludir a las dimensiones de este esfuerzo y trabajo. Quizá haya que referirse asimismo a un cierto exceso. Es posible que una duración menor, una clarificación mayor, un más reducido número de nombres y referencias, alguna posible reiteración eliminada hubieran sido agradecidas por los espectadores.
-Pero volvemos, como conclusión, al principio, para considerar este ‘Orlando’ como un gran trabajo, merecedor de una enhorabuena de las mismas dimensiones.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 4 noviembre 2017 - 11:03 am
Categoría: General

David Barbero

-Aunque otros digan lo contrario, a mí la idea de arranque de la obra teatral ‘la autora de las meninas’ me parece ocurrente. Incluso diría que hasta ingeniosa. La vi ayer en el Teatro Serantes de Santurtzi.
-Sé que algunos la comparan con la chabacana aventura del ‘Ecce homo’. Pero incluso así, puede dar juego de arranque. Permite un discurso analítico sobre la realidad social de este momento, aunque lo sitúa en el 2037. Dentro de esa realidad social, se presta especial atención a la situación y consideraciones sobre el arte.
-Lo que pasa es que al poco tiempo de arrancar, aunque los discursos teóricos hagan que parezca largo, se da un giro difícil de entender. Se pasa a un desarrollo acelerado, precipitado y quizá enloquecido. Se produce en cadena una serie de idas y venidas, saltos y marchas atrás, con una (falta de) lógica que precisaría explicaciones para ser aceptada.
-Los propios responsables lo llaman ‘sátira distópica’. Si se entiende su significado, se puede aceptar el calificativo. Desde fuera, se han utilizado otros adjetivos. Los términos ‘excesivo’ o ‘rocambolesco’ estaban muy presentes. Incluso algunos lo han llamado directamente astracanada. Quizá haya que pensar, con buena intención, que se trata de una premeditada exageración con el fin de que se perciba mejor este tratamiento irónico de la realidad. Esta intención podría estar más cerca de la realidad al ser Ernesto Caballero, a la vez, el autor y el director de la pieza.
-Lo que hay que reconocer, y se ha hecho con unanimidad, es la buena labor interpretativa de la actriz Carmen Machi. Los otros personajes no son tan agradecidos y sus intérpretes lo tienen más complicado para triunfar.
-La utilización de proyecciones audiovisuales sí que puede ser considerado un elemento positivo. Es una muestra de cómo estos elementos tecnológicos pueden ayudar, bien usados, en la representación teatral. El mérito hay que atribuírselo a Paco Azorín, Pedro Chamizo e Isabel Sainz. También hay que citar el nombre de la meticulosa Ikerne Giménez. Se responsabiliza de un equipo de vestuario amplio y consistente.
-En consecuencia, es posible que haya que agradecer este propósito de llamar la atención sobre las derivas que están apareciendo en el arte y en la sociedad.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 2 noviembre 2017 - 8:24 pm
Categoría: General

David Barbero

-A nadie le sorprenderá que diga que el estreno de la obra teatral ‘Escenas de la vida conyugal’ que ha tenido lugar en el Teatro Campos Elíseos de Bilbao ha sido un éxito. Estaba cantado.
-Tampoco sorprenderá que ese éxito se lo atribuya principalmente al actor que lo protagoniza. Es el argentino Ricardo Darín. Está en lo más alto de su carrera artística. Tiene un gran prestigio. Es considerado un excelente intérprete. Ha conseguido premios muy notables. Además, realiza una interpretación memorable. Cuida muchos los detalles. Hace los movimientos y los gestos precisos. Lanza el texto con precisión. Se nota que el público le quiere. Reacciona a sus palabras y a sus gestos. Creo que no hay duda de que la mayoría de los espaciadores, sobre todo las mujeres, han ido a ver esta obra por él.
-La actriz, también argentina, Andrea Pietra le acompaña como coprotagonista. En el texto original, había cuatro personajes. Aquí se han reducido a dos. Andrea es en Bilbao menos conocida. En su país, goza de una gran popularidad gracias a sus intervenciones en la televisión. Se la puede considerar experta en miniseries y telenovelas. En esta intervención teatral, hay que reconocer que está muy bien. Tiene fuerza y personalidad.
-Otra gran ‘culpable’ de este éxito es la también actriz y directora teatral Norma Aleandro. En esta ocasión, tiene la responsabilidad de la dirección. Hace décadas, fue la protagonista. Entonces, ya logró numerosas alabanzas y premios. Seguramente aquella experiencia le ha servido para hacer una dirección de actores digna de alabar. Ha decidido una puesta en escena austera pero muy eficaz. Es un notable acierto depositar toda la fuerza en los actores, prescindiendo de decorados, muebles y todo lo que podía distraer.
-Ingmar Bergman es el autor. En la década de los 70 del siglo pasado, realizó una serie para la televisión. Logró el éxito. Hizo una película con ese material. También acertó. A continuación, lo recondujo a una pieza teatral. Igualmente lo hizo bien. Bastantes décadas más tarde, el texto sigue manteniendo su actualidad. Su fino análisis continúa siendo aplicable. Las parejas pueden verse reflejadas en la obra,
-Por lo tanto, nadie puede dudar de que la estancia de esta pieza en este teatro Campos Elíseos de Bilbao, que ahora está estrenando una nueva gestión, va a tener una excelente acogida.

Desde la fila tres del patio de butacas
Por David Barbero | 29 octubre 2017 - 11:48 am
Categoría: General

David Barbero

-Debo comenzar reconociendo un error. Ayer salí enfadado de la representación de ‘El príncipe de Maquiavelo’ interpretado por Fernando Cayo, bajo la dirección y la dramaturgia de Juan Carlos Rubio en Teatro Barakaldo. Como enfadarse es siempre una equivocación, sólo me queda el propósito de no repetirlo.
-¡A ver cómo lo explico!
-Dejé de ir a otros espectáculos y cambié varios horarios para poder asistir a éste. Lo hice por el interés que tenía en verlo.
-Era consciente de la gran dificultad que entraña la dramatización y la escenificación de un texto nada teatral, nada narrativo, todo filosófico y lleno de teoría política como es ‘El príncipe’. Eso aumentaba mi curiosidad y mi interés.
-Basaba mi esperanza el haber leído buenos comentarios y alabanzas sobre la pieza. También el hecho de haber disfrutado y valorado positivamente otras direcciones y otras autorías de Juan Carlos Rubio. Asimismo Fernando Cayo ha demostrado sobradamente sus cualidades y su maestría.
-Esa actitud positiva se completaba con las palabras escritas por el director y adaptador en el programa de mano. Destacaba la gran personalidad del autor renacentista y la importancia del texto, así como la polémica que siempre le ha perseguido a lo largo de la historia. Incluso insistía en la total actualidad de sus ideas, dados los tiempos convulsos en que vivimos.
-Así que todo predisponía a pensar y sentir positivamente.
-Sin embargo, a los pocos minutos, comenzaron las dudas. Y antes de la mitad de la obra, había comprendido que me había equivocado dando preferencia a este espectáculo sobre otros que había desechado.
-Los motivos que me llevaron a esa negativa sensación eran que la adaptación de tan importante texto me daba la impresión de ser digna de un resumen de Wikipedia, sin ninguna dramatización o intencionalidad escénica. La interpretación era orientada hacia la realización de numerosas acciones insignificantes sin sentido ni relación con el texto, lo que no servía para otra cosa que distraer y difuminar su gran contenido.
-Lógicamente seguí prestando todavía más atención durante todo lo que quedaba de espectáculo en busca de solución. Pero no encontré nada que me sirviera para justificar mi equivocada elección.
-Siendo totalmente sincero, debo reconocer que sí que hubo un par de instantes, algunas frases bien colocadas y algún juego de escenario, que me produjeron una momentánea duda esperanzadora. Pero sólo eso.
-Así que esa frustración contenida fue, creo, la causante de mi enfado. Pero insisto en que no me concedo ninguna justificación. ¡Enfadarse es siempre un error!

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